RECURSOS
INTANGIBLES Y CAPITAL INTELECTUAL
Algunos
autores han empezado a clasificar bajo el nombre de capital
intelectual todos los recursos intangibles (Edvinsson y
Malone, 1997; Bontis, 1996;
Roos et al., 1997), y a realizar el análisis de
sus interconexiones. Según esta corriente, el capital intelectual
de una empresa estaría formado por el conjunto de recursos
intangibles. A
continuación vamos a revisar el concepto de recurso intangible para
posteriormente conceptualizar de forma correcta el capital
intelectual.
Los
recursos
en sentido estricto serán definidos como los stocks de
factores disponibles que son poseídos o controlados por la empresa
(Amit y Schoemaker, 1993: 35). En cambio, la capacidad
sería la facultad de gestionar adecuadamente los recursos para
realizar una determinada tarea dentro de la empresa. Por lo tanto,
en este contexto, las capacidades se refieren a la competencia de
una empresa para desplegar los recursos, usualmente en combinación,
usando procesos organizativos, para producir un fin deseado (Amit y
Schoemaker, 1993: 35).
Cuervo
(1995: 52) afirma que “el centro de toda estrategia es la obtención
de beneficios a partir de los recursos y capacidades que controla la
empresa, como son sus activos físicos y financieros, el capital
humano, los activos intangibles como marcas, reputación, know-how,
experiencia y tecnología. Las capacidades son básicamente
consecuencias de la acción de la dirección para movilizar los
recursos mediante la generación de un sistema de rutinas
organizativas y de una cultura, resultado de un proceso de
aprendizaje colectivo”. Como se desprende de la definición de
Cuervo, las capacidades también serán recursos al alcance de la
empresa, de carácter organizativo, que permitirán dinamizar el
resto de recursos que posee una organización empresarial.
Sin
embargo, autores como
Chi (1994) consideran por recursos, entre
otros, a las habilidades humanas y a las rutinas organizativas lo
que para otros es claramente una capacidad. Por su parte,
Barney
(1991) y Grant (1991) reconocen la existencia de los recursos
organizativos, que no serán más que un concepto muy similar al de
capacidad.
Como
se desprende de lo anterior, el debate sobre estos conceptos no está
todavía cerrado. Nosotros nos decantamos por el sentido amplio del
término recurso y así se utilizará en adelante.
Otro
punto de debate conceptual inconcluso es la distinción
entre recursos y competencias distintivas.
Para esta aclaración, es necesaria la reflexión sobre el
concepto tradicional de “ventaja
competitiva sostenible” (Coyne,
1986). El enfoque basado
en los recursos identifica los recursos como la fuente de ventajas
competitivas.
Pero no basta con tener una ventaja competitiva, además ésta debe
ser sostenible en el tiempo y la empresa debe poder apropiarse de
las rentas que genera. La competitividad de la empresa depende
entonces de su capacidad para configurar una cartera de recursos únicos,
que le confieran una serie de competencias distintivas.
En
el trabajo clásico de
Selznick
(1957), se acuñaba ya el concepto
de competencia
distintiva de una organización, no como lo que puede hacer,
sino como lo que puede hacer bien.
Andrews (1971: 98-108) le da ya
una concepción actual al referirla a la experiencia en producir y
comercializar una línea de productos, el desarrollo de las
capacidades de los individuos que comprende la organización, el
grado en que la capacidad individual se aplica a la tarea común, y
la calidad de la coordinación del esfuerzo individual y de grupo.
Hofer
y Schendel (1978: 25-26) definen las competencias
de la organización como “el nivel y patrones de
despliegues de recursos y habilidades pasados y presentes que ayudarán
a la organización a alcanzar sus metas y objetivos”, diferenciándolas
de los recursos por que se trata de “recursos obtenidos y
desplegados de modo que no puedan ser duplicados fácilmente por
otros”.
Un
constructo semejante al de competencias distintivas es el concepto
de “oficio” (“métier”) de la empresa, definido en
trabajos básicamente de origen francés (Anastassopoulos
y Ramanantsoa, 1982;
Bartoli y
Hermel, 1989; Bommensath, 1987;
De
Bodinat y Mercier, 1979;
Sicard,
1987).
En esta corriente de la literatura, el oficio de una empresa se
define como la vocación y el conjunto de competencias específicas
(individuales y colectivas) acumuladas en la empresa, que la hacen
capaz de desarrollar determinadas actividades. El oficio es un
activo dinámico u objeto de aprendizaje y mejora continua, pues se
transmite y se fortalece con el tiempo.
Esta
conceptualización de los constructos recursos y competencias
distintivas permite apuntar que los recursos de la empresa se
convertirán en competencias distintivas cuando: (a) la organización
no comparta su propiedad con la competencia; (b) permitan producir
outputs adaptados a las necesidades de los clientes con mejor
desempeño que los competidores.
La
academia sobre estrategia se ha limitado a señalar que una ventaja
competitiva sólida exige que sea perenne, o sea, duradera y
defendible. Ahora, se añade que una ventaja competitiva sólo puede
ser perenne si está basada en recursos con ciertos atributos. Los
recursos que reúnen dichos requisitos se han venido a denominar
como recursos
críticos (Wernerfelt,
1984), factores
estratégicos (Barney,
1986; 1991) o activos estratégicos (Amit y
Schoemaker, 1993;
Schoemaker y
Amit, 1994), y su stock será una buena medición de las
competencias distintivas de la empresa.
Schoemaker
y Amit (1994) indican que existen tres autores actualmente (Barney,
1986; 1991; Grant, 1991;
Peteraf,
1993) que analizan las características
que deben cumplir los recursos para adquirir su carácter estratégico,
a los que nosotros hemos añadido otro trabajo obra de
Amit y
Schoemaker (1993). No existe unanimidad sobre los requisitos que se
deben cumplir, variando las condiciones según los investigadores;
por lo tanto el grado de coincidencia es tan sólo parcial. Como
puede verse en la Tabla 1, no existe unanimidad sobre los requisitos
que se deben cumplir, variando las condiciones según los
investigadores; por lo tanto el grado de coincidencia es tan sólo
parcial.
Tabla
1. Requisitos de los recursos estratégicos

-
En el artículo original en inglés aparece la
palabra tradable, la
cual se ha creído oportuno traducir por
comercializable.
-
Entendiendo complementariedad
como añadir valor por economías de alcance.
Grant
(1991: 129) afirma que “los más importantes recursos y
capacidades de la empresa son aquéllos que son duraderos, difíciles
de identificar y comprender, imperfectamente transferibles, no fácilmente
duplicables, y en los cuales la empresa posea clara propiedad y
control”. Amit y Schoemaker (1993: 38) definen los activos estratégicos
de la empresa como el conjunto de recursos y capacidades difíciles
de intercambiar, imitar o sustituir, escasos, complementarios,
duraderos, apropiables, y que varían con los cambios en el conjunto
relevante de factores estratégicos de la industria que confieren a
la empresa su ventaja competitiva”. Este último trabajo introduce
la peculiaridad de ligar los factores estratégicos de la empresa,
con los factores estratégicos de la industria, frente a los demás
autores que sólo se centran en las características propias y
particulares de los recursos poseídos por las organizaciones
empresariales. La
perennidad de las ventajas competitivas depende también de su
adecuación a las reglas del juego competitivo. Aún cuando los
recursos disponibles cumplan los requisitos mencionados, su valor
competitivo es escaso si no se corresponden con factores claves de
éxito en la actividad. La posición competitiva de la empresa debe
apoyarse en ventajas competitivas consistentes con estos elementos
críticos del entorno competitivo de la industria. En esta línea,
Porter (1991: 103) señala que los activos intangibles no son
valiosos en sí mismos, sino porque ajustan la estructura de la
industria y una estrategia particular: “Actividades ejecutadas
pobremente, o inconsistentemente con las necesidades del comprador,
pueden crear riesgos (o lastres) y no activos. Al mismo tiempo, los
cambios tecnológicos y otros de la industria pueden anular el valor
de los activos o transformarlos en riesgos”. A estos efectos, es
interesante la distinción de
Amit y Schoemaker (1993: 43-44)
entre el concepto de “factores claves de éxito”, las nociones
de “factores estratégicos de la industria” y “activos estratégicos”.
Los factores estratégicos de la industria serán el conjunto de
recursos y capacidades que determinarán en mayor medida las rentas
económicas para los participantes de una industria.
Resumiendo,
los recursos que lograrán que la ventaja competitiva sea más
sostenible en el tiempo y apropiable, serán aquellos que mejor
cumplan las características exigidas por
Grant
(1991), Barney
(1986; 1991), Peteraf (1993) y
Amit y Schoemaker (1993). Las mismas
constituyen también una buena aproximación a las características
propias de las competencias distintivas de la empresa. La literatura
coincide crecientemente en señalar a los activos intangibles como
la fuente básica de las competencias distintivas de la empresa.
Siguiendo
la tipología propuesta por
Wernerfelt
(1984), los recursos se
agrupan en
recursos tangibles y recursos intangibles, también
denominados estos últimos por algunos investigadores (Itami,
1987)
como activos
invisibles. Los activos tangibles se caracterizan por ser fácilmente
identificable y catalogables; será pues su propia naturaleza la que
les impedirá contribuir plenamente a la creación y sostenibilidad
de la ventaja competitiva. Por contra, los recursos intangibles sí
pueden contribuir en mayor grado al sustento de las ventajas
competitivas y por ende, al éxito empresarial.
Amit
y Schoemaker (1993: 35-37) precisan que los activos estratégicos
serán un subconjunto de los recursos de la empresa, pero
especialmente de capacidades. De esta manera, las ventajas
competitivas de una empresa se fundamentarán esencialmente sobre
los conocimientos y habilidades que posea, así como sobre los
sistemas directivos que controle; es decir, la competitividad
se sostendrá principalmente en la configuración de su
cartera de activos intangibles (Hall,
1992).
Prahalad
y Hamel (1990) piensan también que la cartera de competencias de
una empresa compone los orígenes de las ventajas competitivas.
Ellos, asimismo identifican 3 características de las competencias
nucleares: 1) permitir el acceso a una amplia variedad de mercados,
2) significante aumento del valor del producto para el usuario
final, y 3) armonización única de tecnologías y habilidades de
producción las cuáles serán difícilmente imitables.
Desde
este punto de vista, la empresa no será sólo un conjunto de
negocios, con mayor o menor relación, sino que se concebirá como
un conjunto de aptitudes y competencias, que se podrán aplicar a
distintos ámbitos de actividad, es decir, una serie de actividades
vinculadas por un tronco tecnológico común. Con ello se alcanzará
algún tipo de tecnología genérica que posibilitará su aplicación
a diferentes tipos de productos. Esas aptitudes y competencias se irán
desarrollando con el tiempo, así como también se perfeccionarán
con el uso, a diferencia de otros recursos que también posee la
empresa como los físicos y financieros (Prahalad y
Hamel, 1991: 51). Pierde así importancia el concepto de cartera de negocios
frente al de cartera de competencias.
Los
activos intangibles, por su propia naturaleza, tienen mayor
facilidad para convertirse en los activos estratégicos de los que
hemos venido hablando. El rasgo común de los activos intangibles y
de las capacidades que los movilizan es que son formas de
conocimiento con grados distintos de especificidad, codificabilidad
y complejidad (Kogut y Zander,
1992; Lado, Boyd y Wright,
1992). Aquí
descansa su contribución a la construcción de una posición
competitiva ventajosa. Su intensidad en conocimiento les otorga una
serie de condiciones idóneas para convertirlos en activos escasos y
valiosos, y difícilmente imitables por terceros, lo que facilita la
generación de rentas de diferenciación o costes y apropiárselas (Barney,
1991; Grant, 1991;
Peteraf,
1993). La dificultad para su copia nace
de razones legales (protección jurídica), razones físicas
(localización), temporales (prolongado período de tiempo para su
acumulación), informativas (“ambigüedad causal” o dificultad
para identificar el recurso o la capacidad que genera la ventaja) o
de indisociabilidad de otras competencias. Las empresas pueden
acentuar esta inimitabilidad desarrollando mecanismos de aislamiento
(Lippman y Rumelt, 1982).
Su
denominador común o materia prima es la información. Frente a los
activos físicos, cuyo uso a través de los servicios productivos
que proporcionan produce una depreciación de su valor, los activos
intangibles se identifican con los servicios productivos
proporcionados por el capital tecnológico, humano y comercial, así
como por el efecto sinérgico que crean conjuntamente y se plasma en
la cultura de la empresa. Su contenido básico informativo les
configura, pues, como “bienes públicos”, que quedan a disposición
de la empresa que los ha acumulado la cual puede usarlos sin merma
de valor, de capacidad para usos alternativos del activo, siempre
que el entorno permanezca relativamente estable. Por ello debieran
ser un elemento fundamental del balance de la empresa (Baldwin y
Clark, 1991; Itami, 1987). En consecuencia, su aportación a la
mejora de la posición competitiva de la empresa radica en que su
disponibilidad permite producir economías de alcance o gama.
Frente
a la crítica de Porter (1991: 103) de que el valor de estos activos
intangibles se deprecia sin reinversión mediante la ejecución de
actividades, cabe sostener que los activos intangibles en vez de
depreciarse, pueden incrementar su valor a medida que los emplean y
se mejora continuamente y/o su dominio. La clave de esta mejora está
en su carácter intrínseco de “learning by doing”, es decir, su
receptividad a procesos de aprendizaje mediante la repetición y la
experimentación. Esta idea de mejora con el uso guarda cierta
relación con el efecto experiencia; aunque este efecto tiene como
resultado una reducción de costes, mientras que ahora las
consecuencias son de mayor alcance pudiendo incluso afectar la
capacidad de la empresa para entrar en nuevos mercados (Fernández,
1995: 14).
Este
proceso de aprendizaje es colectivo. Los activos intangibles están
constituidos por el que
Polanyi (1948: 17) denomina “conocimiento
tácito”, caracterizado por no ser plenamente explicitable ni
siquiera por quién lo posee; o por el que
Badaracco (1992: cap. 4)
califica como “conocimiento insertado” como opuesto al
conocimiento migratorio. Mientras éste es completamente descifrable
y se encuentra codificado en paquetes ordenados y móviles como
libros, fórmulas, máquinas, planos y en la mente de los
individuos, el conocimiento insertado está embebido
“fundamentalmente en las relaciones especializadas entre
individuos y grupos y en las particulares normas, actitudes, flujos
de información y formas de tomar decisiones que caracterizan los
contactos entre ellos”. A través de esta trama, los miembros de
la empresa aprenden conocimientos inalcanzables individualmente.
Esto
es a lo que se refiere Bernd Pischetsrieder, Presidente del Consejo
de Administración de la firma alemana BMW “cuando habla de la
competencia sistematizada de BMW, de la inteligencia
colectiva de una gran compañía en la que el individuo es bueno
porque le respalda la sabiduría estructurada de la empresa. Esta inteligencia
colectiva se esconde en la red,
que, de algún modo, une a los individuos entre sí y se plasma en
las experiencias maduras que se manifiestan en sistemas. Siempre se
ha dicho que el todo es más que la suma de las partes. En una
empresa estructurada de forma exhaustiva, como es BMW, esto es una
realidad palpable” (Brauer, 1997:
18).
Las
capacidades y algunos recursos se caracterizan también por un
prolongado y paulatino período de acumulación, siendo
frecuentemente imposible adquirirlos en mercados organizados.
Pensemos al respecto en la posesión de un personal altamente
motivado y dotado de habilidades específicas para las tareas que
debe desempeñar, en la reputación de honestidad de una empresa o
en las relaciones de cooperación interempresarial basadas en la
confianza mutua.
Por
último, se produce una concomitancia proceso-resultado muy fuerte,
de modo que los resultados dependen en grado alto de la forma de
desarrollo del proceso. Para que estas dificultades se obvien, la
empresa debe haber desarrollado rutinas organizativas altamente
eficaces. Todo ello explica la dificultad de apropiación de estos
activos por otras empresas distintas a la que los ha generado. Por
consiguiente, la ventaja competitiva fundada sobre las economías de
alcance asociadas a recursos y capacidades, es sostenible en períodos
de tiempo prolongados. Esta es la principal contribución de los
activos intangibles a la competitividad empresarial.
Su
concentración en los activos intangibles tampoco pretende sostener
que los activos físicos carecen de importancia o de efectos sobre
la competitividad empresarial. Es cierto que la inversión en
intangibles no se transformará en productiva a no ser que vaya
acompañada por una inversión en recursos materiales. Por tanto,
pensamos que pese a la superioridad que adquieren los activos
intangibles como fuente de ventajas competitivas sostenibles, los
activos tangibles se configuran como condiciones necesarias, aunque
no suficientes, para conseguir el éxito competitivo, y por
consiguiente la empresa no debe abandonar en ningún momento su
atención. Sin embargo, es cierto que la posesión de activos físicos
fácilmente transmisibles en el mercado origina pocas ventajas
competitivas sostenibles. Es más, incluso en el caso de activos físicos
intensivos en alta tecnología, las investigaciones de la
experiencia industrial japonesa han demostrado la prioridad de
tareas de optimización de los procesos productivos actuales,
mediante la racionalización en base a herramientas como la “gestión
de la simplicidad” o procesos de mejora continua, que descansan
precisamente en ciertos activos intangibles; e incluso, una vez
llegado el momento de incorporar las tecnologías de automatización
e integración de procesos, han comprobado que su rendimiento es
función de los subsistemas humano y organizativo.
En
conclusión, las competencias distintivas de una empresa pueden
definirse como los activos estratégicos intangibles de que goza,
que cumplan las propiedades establecidas en la literatura.
Nota: Artículo publicado por César
Camisón,
Daniel
Palacios
y
Carlos Devece.
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