La denominada “gestión
del talento” se refiere al talento disponible en todas las personas, pero
solemos pensar, sobre todo, en el talento para asumir el relevo en los puestos
directivos. Hay ciertamente en las empresas personas jóvenes, con visible
potencial para asumir tareas de gestión y liderazgo; un potencial que han de
desarrollar suficientemente antes de acceder a puestos de mayor responsabilidad.
Y si no se dispusiera de estos individuos, habría que buscarlos. Las empresas
dependen cada día más del talento de sus personas, y especialmente del talento
directivo. Cabe preguntarse ahora qué entendemos por talento directivo y cómo ha
de gestionarse éste, porque al parecer no siempre se acierta al pretender
identificarlo. Los directivos poseen un papel importante, tanto
en la detección como en el desarrollo del potencial de sus colaboradores
talentosos.
Si se acepta la simplificación, tener talento
directivo supondría una cierta habilidad innata para dirigir; pero dirigir es
algo que demanda cada día nuevas habilidades, y desde luego alta dosis de un
bien entendido liderazgo. El liderazgo que se busca no es el de quienes
sobrevaloran sus puntos fuertes y relativizan sus debilidades; no es el de
quienes ansían más el poder que la consecución de logros. El perfil del
directivo del siglo XXI, sin menoscabo de las tradicionales funciones de la
gestión empresarial, apunta a un elevado nivel de inteligencia intra e
interpersonal. Gestionar el talento de sus personas supone, para las empresas,
ponerlo al servicio de la causa: desarrollarlo de manera individualizada en
sintonía con las necesidades de la organización, y sobre todo retenerlo.
Atraerlo, cultivarlo, aprovecharlo y retenerlo.
Directivos del siglo
XXI
Quizá no sabemos muy bien cómo se aprende a ser un
directivo-líder, pero sin duda las empresas necesitan gestionar sus personas
mediante el ejercicio del liderazgo. Los directivos-líderes del siglo XXI
reunirán unas competencias muy específicas que no todos podemos desarrollar en
grado suficiente. Los jóvenes llamados a ejercer este liderazgo presentan
determinados valores, cualidades, actitudes y otros atributos innatos o
adquiridos, que advierten a los psicólogos y directivos de las organizaciones,
sobre su potencial para recoger el testigo en la dirección del departamento o la
compañía. Es obvio que no se trata de un asunto baladí para las empresas: es
mucho lo que está en juego.
En modo alguno estamos pensando en líderes
carismáticos. Peter Drucker nos advierte que el carisma podría convencer a los
líderes de ser infalibles, hacerles inflexibles e impedirles introducir los
cambios necesarios. El directivo corre el riesgo de equivocarse, y tiene el
deber de saberlo. Naturalmente apreciamos que posea confianza en sí mísmo, pero
no hasta el punto de considerarse infalible. El directivo, en suma, no precisa
ser carismático; lo que precisa es comunicarse bien con los demás. En realidad
son muy diversas las habilidades que esperamos en el directivo ideal. No estamos
dispuestos a seguir a alguien simplemente porque pueda subirnos el sueldo: sólo
estamos dispuestos a seguir a un líder. Sólo el liderazgo activa nuestra energía
emocional.
Un buen número de organizaciones han puesto en marcha
en los últimos años programas de detección de personas con alto potencial, y
orquestado consecuentes planes para desarrollar sus competencias. No siempre
estas iniciativas han progresado satisfactoriamente, y ahora sabemos que el
propio proceso de identificación de los futuros directivos ha sido unas veces
acertado, pero otras no tanto. Gran parte del protagonismo en la selección de
los individuos con futuro ha venido estando en sus superiores
jerárquicos y así parece que debe ser, aunque ello comporte algunos riesgos. Y
es que, aun con la mejor intención, algunos directivos tienden a ver en sus
aparentes clónicos los hombres o mujeres más idóneos para encarar el
futuro; o, simplemente, aplican sistemas de valores y competencias que no
siempre coinciden plenamente con los más deseables para la organización.
Pero hay naturalmente otros muchos directivos, quizá
más alineados con la evolución del management y mejor impregnados de su
cultura corporativa, que sí están contribuyendo profesional y eficazmente, en
sus áreas de influencia, a la identificación de futuros líderes y a su adecuado
desarrollo. Además, no se trata sólo del olfato de estos ejecutivos y
directivos actuales: cuentan casi siempre -especialmente en grandes
organizaciones- con los assessments de los individuos, realizados por
profesionales.
Suponiendo que, en lo cualitativo y en lo
cuantitativo, se ha seleccionado bien el colectivo, los expertos coinciden en
ver cuatro principales -y muy importantes- agentes en el subsiguiente proceso de
desarrollo competencial: los propios individuos, sus superiores
jerárquicos, los responsables de RR.HH. de la empresa, y también los
consultores. Esta última función compleja de
ayuda-asesoría-tutela-arbitraje-coordinación-evaluación podría ser asumida por
algún directivo de la empresa o el propio jefe o director inmediato, pero a
menudo puede parecer más efectivo pensar en un experto interno o externo,
especializado en el desarrollo de gestores-líderes, y quizá trabajando
full-time en esta función. Cada uno de los cuatro agentes tiene un
papel que desempeñar, pero sin duda el mayor compromiso es el del propio
individuo, al que el proceso genera lógicamente unas expectativas que no
deberían verse frustradas. Éste es el punto de vista de FYCSA, después de
colaborar en este empeño con grandes organizaciones desde hace más de diez años.
Para que todo vaya bien, las personas a quienes se ha
atribuido alto potencial han de hacer bastante más que practicar la
circunspección y cultivar su imagen. Además de atender las exigencias de su
actual puesto de trabajo, han de esforzarse en mejorar su perfil competencial,
aprovechando su necesaria dosis de autocrítica y de receptividad al
feedback. Deben creer en el futuro que se les ofrece, porque si no,
carecerán de estímulo necesario para mantener este esfuerzo adicional.
Encontrarán referencias y ayudas en los otros agentes del proceso, pero su
desarrollo es, en muy buena medida, un desarrollo autoconducido.
Dispondrán -si vale la analogía- de vehículo, carreteras y señales, pero
conducirán ellos: si no fueran buenos conductores, probablemente no deberían
llegar a su destino.
El jefe es un facilitador -a ratos un coach- del
desarrollo del individuo, de acuerdo con el plan previsto; su proximidad
le permite seguir el proceso y realimentarlo. Pero los objetivos de desarrollo
-o sea: el perfil del directivo buscado- habrá sido ya dibujado por el
Departamento de Recursos Humanos, cuya responsabilidad en el proceso se extiende
a todo el colectivo, y que puede orquestar acciones comunes de formación,
información y desarrollo. El consultor (o consultores) a que nos
referíamos es el especialista puesto a disposición de los individuos; a partir
del perfil definido, este consultor ha de atender a las competencias que
le faltan -y los rasgos que, en su caso, le sobran- a cada individuo tutelado,
para facilitar su progreso.
Conclusión
Al hablar de líderes para el siglo XXI, pensamos, en
definitiva, en jóvenes que hoy combinan bien su trabajo con su desarrollo
personal y profesional; que irán escalando posiciones al ritmo adecuado; que, en
su momento, combinarán con acierto sus habilidades de gestión y liderazgo; que
mantienen y seguirán manteniendo una actitud de aprendizaje y superación; que
responderán satisfactoriamente a lo que sus organizaciones les demanden; que
serán siempre leales con sus empresas y sus colaboradores; que serán buenos
estrategas y tendrán una clara visión del futuro de la compañía; que se ganarán
cada día la confianza de sus interlocutores; que crearán equipos de alto
rendimiento y satisfacción; que facilitarán su propia sucesión por nuevos
líderes... Para que así sea, los programas de desarrollo de directivos deben ser
muy cuidadosamente concebidos y orquestados, porque son muy diversos los
factores que pueden dar al traste con cada proyecto personal.